Pasión por el Priorat: de San Bruno a Robert Parker

En la edad media el vino solo tenía calidad en el interior de los muros de un monasterio, los monjes benedictinos o cistercienses se preocupaban por honrar la sangre de cristo para la misa y para acompañar los fríos inviernos en el claustro.
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La orden francesa seguidora de San Bruno, la Gran Chartreuse, se estableció en el Siglo XII en los pedregales y riberas del río Siurana. En su peregrinaje vitivinícola por la península ibérica ese fue el lugar ideal para seguir las enseñanzas de la regla de San Benito, aquel que además de repetir su “Ora et Lavora” recordaba que era mejor beber un poco de vino que mucha agua. El sueño del patriarca se había cumplido en las faldas del imponente macizo del Montsant, en el Monte Santo se manifestaba la escalera de Dios desde la que los ángeles descendían al mundo de los hombres. En aquel lugar fundaron la Cartuja de Scala Dei, un mundo duro, petrificado y de laderas empinadas practicamente deshabitado donde reina la licorella que significa “piedra”, la likka de los antiguos pueblos Celtas.
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Ruinas de la Cartuja de Scala Dei, centro del poder monástico del vino del Priorat. Al fondo el imponente macizo del Montsant.
El Priorato de Scala Dei agrupaba las aldeas de Poboleda, Vilella Alta, Porrera, Morera, Torroja, Gratallops y Bellmunt, que son los que hoy conforman la DOQ Priorat, mientras que el resto de la actual demarcación administrativa del Priorat se enmarca en la D.O. Montsant por ser el macizo un anillo protector que rodea toda la comarca.
Los cartujos en aquel lugar apartado se acercaban al ideal de los ermitaños pero sin olvidar el trabajo y el progreso. Con los apoyos necesarios de la corona fueron tomando poder, privilegios y diezmos. A lo largo de los siglos, todos los reyes rindieron visita y confirmaron los privilegios del Priorat de los grandes vinos. El negocio del vino y el aguardiente se hizo tan próspero que en el Siglo XVIII la comarca vivió su mayor esplendor y riqueza. El convento fue abandonado por la desamortización de los liberales en 1835. El odio que habían generado en el pueblo durante siglos de poder hizo que el monasterio fuera arrasado y quemado.
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El símbolo del Priorato de Scala Dei presente en piedras y muros de la comarca
A toda ascensión le viene un declive y parece que desaparecido el Prior se llevó la escalera de Dios y sin ángeles de la guarda la comarca se desmoronó, primero la filoxera acabó con toda la viña y siglos de comercio, pasaron tanta hambre que la comarca se despobló y como en el cuento de la bella durmiente, todo quedó aletargado durante 100 años a la espera de un príncipe con un beso salvador.
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No fue uno si no 5 los jinetes que arribaron a esas tierras deprimidas a finales de los años ochenta, de aquellas 17.000 hectáreas de la época dorada solo quedaban 800 plantadas. Cinco personajes atraídos por el perfume mineral de la llicorella y por un estilo de vida alternativo, cinco con nombre de vino, Palacios, Barbier, Pastrana, Pérez y Glorian y otros que acompañaron esa expedición a la luna negra, compraron bancales, algunas terrazas y cuatro cepas de garnachas y cariñenas supervivientes para hacer sus primeros vinos, una producción irrisoria y etiquetas con reminiscencias del pasado monástico: L’Ermita, Clos Mogador, Clos Martinet, Clos Erasmus o Clos Fontà.
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Joan Asens y Álvaro Palacios, grandes hombres apegados al reino de la llicorella

Vinos distintos, alejados de la globalización del nuevo mundo, potentes, minerales, rústicos y modernos a la vez, que a mediados de los noventa viajan al otro lado del océano para atrapar a Robert Parker y a Wine Spectator, a todos los críticos, artistas de cine y políticos… lo escaso y lo raro nos conquista, lo exclusivo nos emociona y el Priorat es todo eso y un tejido misterioso que cuando creemos haber aprendido nos sorprende con nuevos códigos indescifrables.

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El resurgir ha atrapado a todos y hoy la comarca vuele a tener más habitantes que casas y más botellas que ciudadanos, ha doblado, triplicado o quintuplicado hectáreas de viñedo (según el año en que lean este texto) y acuden gentes de todas partes del mundo para abrir su pequeña bodega, la de la ilusión por una vida soñada, aquella que una vez tuvo San Bruno viendo una escalera de Dios de la que descendían los ángeles… hoy la escalera vuelve a estar en su sitio, en el corazón del Priorat, y desde sus suelos de piedras negras quebradizas el porvenir se nos adivina interminable como los peldaños de una escalera que sube hasta el infinito.
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Texto y Fotos Oriol Serra Nadal, CEO Smart Gourmet
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